"Hay algo que debéis entender de mi forma de trabajar. Cuando me necesitáis y no me queréis, debo quedarme. Cuando me queréis, pero ya no me necesitáis, debo irme... Es un poco triste, pero es así"- película: La niñera mágica.

(Sin embargo, a pesar de mi ausencia física, me tendréis allí donde me necesiten)


5 de mayo de 2017

Te odio por dejar de ocultar mi realidad



Ella le reclama, lo odia, se quiere vengar de él. Después de la separación está muy dolida. Pero no tanto por la separación como ella cree. Si no porque mientras estuvo con él ella "esperaba" que le llegue el estrellato, "no conseguía trabajo", iba al gym y a yoga y cada tanto hacía alguna cosita "de lo suyo". Mientras ella esperaba como un princesa a que se le diera el reino, él trabajaba 12 horas al día, de lunes a viernes, mantenía su existencia, la de ella y sus delirios de niña adorada.

El padre le dijo "si te vas a ser actriz no te mantengo más". Pues ella cambió de padre y listo. 

La cuerda, de tanta erosión, se cortó. Y ella ahora lo odia, pero lo hace porque ve que su trabajito para "colaborar" del fin de semana no sirve de nada, que ahora tiene que trabajar la semana entera, que no hay tiempo de ensayos, de yoga, de gym, sino que tiene que comer y pagarse el alquiler y que el peso de su existencia se calcula en la moneda corriente de su país. Ahora lo odia, como un adolescente odia a los padres cuando los invitan a ser realmente adultos.


Lo que ella tampoco sabe, es que ahora pone todo su rencor en una nueva forma de evadirse de su realidad, que siempre fue la misma, pero ahora lo responsabiliza a él. Ahora él es el causante de tantas desgracias, él es el que ha producido su falta... En realidad ella siempre puso todo en él y no lo sabe. Los litigios legales que les esperan estarán sustentados ni menos que en la no asunción de sus faltas, que ahora tiene que hacerse cargo de todas, de las de ahora y de las adeudadas en su vida. 


Y mientras siga reclamando lo propio a lo ajeno, se seguirá quedando sin nada... O al menos con la ilusión de que hay un Otro que es responsable de ella y evitarse el dolor de saber que ya no es así. 


Sergio Alonso Ramírez

Psicólogo Psicoanalista

1 de marzo de 2017

Los tres tiempos del edipo

Fuente:  https://bernaltieneunblog.wordpress.com/2011/11/04/320-los-tres-tiempos-del-edipo-lacaniano/


El Edipo lacaniano se divide en tres tiempos; son tiempos lógicos, no cronológicos, que nos ayudan a pensar la clínica y la constitución del sujeto. 

En el primer tiempo del Edipo, el niño desea ser el objeto de deseo de la madre. ¿Qué desea la madre? La respuesta es: el falo. Ella siente su incompletud, su falta, su castración en la medida en que le falta el falo. Esto es lo que hace que la mujer que desea ser madre busque un hijo que la haría sentirse completa; ella simboliza el falo en el hijo inconscientemente, es decir, produce la ecuación niño = falo. El niño, a su vez, se identifica con aquello que la madre desea, se identifica al falo; él es el falo para la madre y la madre pasa a ser una madre fálica, completa, a la que no le falta nada. En este primer tiempo del Edipo está en juego lo que Lacan denomina la tríada imaginaria: el niño, la madre y el falo; el falo cumple aquí con su función imaginaria: crearle la ilusión al sujeto de que está completo. La madre se siente plena, realizada, completa con su posesión (Bleichmar, 1980).

En el segundo tiempo del Edipo, interviene el padre, pero más que el padre, interviene la función paterna. El padre, o la persona que cumpla con su función, interviene privando al niño del objeto de su deseo -la madre-, y privando a la madre del objeto fálico -el niño-. El niño, entonces, gracias a la intervención del padre, deja de ser el falo para la madre, y la madre deja de ser fálica. Ésto último es lo más importante de este segundo tiempo: que la madre deje de sentirse completa con su posesión, que se muestre en falta, deseando, más allá de su hijo, a su esposo, o alguna otra cosa, es decir, que ella se muestre en falta, castrada, deseante. Si esto no sucede, el niño  queda ubicado como dependiente del deseo de la madre, y la madre se conserva como madre fálica (Bleichmar, 1980). Si esto sucede, el niño puede llegar a ser un perverso, ya que, como lo indica Lacan, todo el problema de las perversiones de un sujeto consiste en concebir cómo un niño se identifica con el objeto de deseo de la madre, es decir, el falo. Cuando el niño “es” el falo de la madre y la madre permanece siendo fálica, esto nos va a dar la perversión.
La pérdida de la identificación del niño con el valor fálico es lo que se denomina castración simbólica; él deja de ser el falo y la madre deja de ser fálica, ella también está castrada; es decir que la función paterna consiste en separar a la madre del niño y viceversa. Es por esto que se dice que el padre, en este segundo tiempo, aparece como padre interdictor, como padre prohibidor, en la medida en que le prohíbe al niño acostarse con su madre, y le prohíbe a la madre reincorporar su producto (Bleichmar, 1980). Él entonces tiene como función transmitir una ley que regule los intercambios entre el niño y su madre; esa ley no es otra que la ley de prohibición del incesto, ley que funda la cultura y regula los intercambios sociales.

En el tercer tiempo del Edipo, producida la castración simbólica e instaurada la ley de prohibición del incesto, el niño deja de ser el falo, la madre no es fálica y el padre… ¡tampoco!, es decir, el padre no “es” la ley -lo cual lo hace parecer completo, fálico-, sino que la representa -padre simbólico-. En este tercer tiempo del Edipo se necesita de un padre que represente a la ley, no que lo sea, es decir, se necesita de un padre que reconozca que él también está sometido a la ley y que, por tanto, también está en falta, castrado. En este tercer tiempo del Edipo, el falo y la ley quedan instaurados como instancias que están más allá de cualquier personaje (Bleichmar, 1980); ni el niño, ni la madre ni el padre “son” el falo; el falo queda entonces instaurado en la cultura como falo simbólico. El Edipo, por tanto, es el paso del “ser” al “tener” -en el caso del niño-, o “no tener” -en el caso de la niña-.




Sergio Alonso Ramírez
Psicólogo Psicoanalista

20 de febrero de 2017

Los positivos, los odiadores y los delirios sociales




Diferentes analistas encuentran que lo que se ve en los consultorios hoy en día no es tanto la histeria y la obsesión, sino las misma pero con nuevos formatos, más precisamente de boderline (trastorno límite de la personalidad). 
Pero no como un boderline excesivamente grave sino más bien como estructuras que colindan entre lo psicótico y otra estructura del tipo neurótica. Pero el aspecto delirante que se aproxima a lo psicótico es más bien un discurso social que facilita que el sujeto entre a vivir una especie de irrealidad absurda y descontextualizada donde realmente pretende creer en una vida sin falta y que todo se puede incorporar desde fuera. El sujeto se entrega como un tributo al otro, se convierte es un objeto de consumo, es mirado, tocado, observado y, según parece, es la única oferta que se le da, especialmente a los jóvenes. La realidad es de color rosa o celeste y los unicornios son casi existentes. La vida es como estos programas americanos donde todos tienen blanqueados los dientes, cada palabra esta medida, incluso en los supuestos realities de diferentes tipos. Es más, tan evidentes son que todos hacen lo mismo. No hay ninguno que les baje los dientes a trompadas, les prenda fuego la casa que no les gusto, les diga que es una mierda y como lo van a compensar, etc. Es todo una realidad “ideal”. 
Es como vivir en esas películas americanas de un pueblo de los años 70’s donde nada sucedía y todo era perfecto. A pesar que luego había drogas, racismo, machismo, injusticias, etc, etc. 

Esto nos da cuenta de sujetos que llegan muy angustiados, pero a su vez, perdidos en sus propios deseos y valores. 
Cuando en psicoanálisis hablamos de la caída del nombre del padre, es la caída de esa figura-función que da un soporte al sujeto y que luego le permite aferrarse a ciertas leyes, imágenes o guías que lo acompañan en su andar. Al caer dichas figuras el sujeto queda expuesto a un mundo con normas muy proyectivas como la compulsión a la incorporación, a la repetición de ideales impuestos, o al menos mostrados por autoridades comunicativas, y así intentar repetir, no sólo formas de vida sino obligarse a sentir de una manera particular. 

Porque aquí no se trata solo de que se nos muestren idioteces sino de que el sujeto estima que también debe mostrarse idiota, sentir de forma idiota, y ser, principalmente, infinitamente feliz, alegre, completo e... una vez más, idiota. 

Incluso lo veo en profesionales de la salud mental que suponen que nosotros, que transitamos las penurias del sujeto, los sufrimientos, los celos, odios, envidias, alegrías, amores, deseos de aniquilación, etc, tenemos que estar, como si fuésemos nuevos religiosos o animadores de hoteles, hablando de felicidad todo el tiempo. Entrando en estos bucles de “te muestro como ser feliz” o “como valer más”, y dan “técnicas de como manejar tal o cual trastorno”, “técnicas para ser más feliz con tu pareja” e “instrucciones” varias, ya que cada persona, pareja o grupo tiene sus peculiaridades, sus glorias, penas, cosas positivas y negativas. 
Parece, que incluso los profesionales, se hacen impermeables al sujeto de verdad y en pos de pensar que también van a ser consumidos, se convierten en aquello que el delirio social pide “una alegría infinita y motivadora”, que lo único que hace es darnos, más tarde,  trabajo a los que tratamos con la ansiedad.
Y no confundamos los conceptos. No es que no hayan muchas cuestiones alegres o positivas, pero cuando se niegan las cuestiones del sujeto, las entrañas, proponemos una forma de adicción a la negación. Presentamos que la sanidad es un sujeto que vive en una propaganda de colores saturados. 

Digamos que esta falta del nombre del padre, que es algo profundo y social, no sólo se expresa psiquicamente en falta de estructuración en el sujeto frente a la adversidad, sino también en la construcción del mundo sin faltas, y como mucho con pequeños detalles incómodos, pero no con cagadones atómicos que angustian de verdad. 
El otro día, en un programa, un chico decía que trabajaba con chicos con síndrome de down y la chica contesta, automáticamente, “que bien!!!! – con todo alegre y condescendiente – que lindo debe ser”... ¿Qué sabrá ella de esa labor? Pero cómo se dice que eso es de gente buena... ¿Y ella qué sabe si no lo hace por puro narcisismo para que le digan eso? ¿O que lo hace por culpa de odiar a su hermano down que le quito gran parte del afecto de la madre y padre?. En todo caso hay que decir que es algo “genial”. 
Yo siempre digo que un ejemplo de la diferencia  entre un psicólogo y un psicoanalista es que si alguien llega llorando a la consulta y dice que es fea/o, el psicólogo lo intentará convencer que no es así y el psicoanalista le preguntará: ¿Como es eso? Cuénteme. 
No hay un obturar aquello que trae, ni sofocarlo, sino ver de donde viene esta cuestión tan subjetiva, que se ha construido a través del Otro. 

Sin embargo, frente a esta tendencia social donde todo es super genial, especialmente en todas las redes sociales, aparecen otras corrientes muy interesantes, políticamente incorrectas pero que, a pesar de parecer los “delirantes” son los que traen un poco de contraste a esta “presión de cheerleader americana” (animadora) que se ejerce en la gente. 
Son los llamados Haters (odiadores), que justamente dicen todo lo prohibido, lo que no hay que decir, los que se animan a no mostrarse perfectos y aún así aguantar si no son “amados por parecer como se espera de ellos”.
Parece que el delirio en las redes sociales viene con su contrapuesto. A amantes de “seres de luz” y “que tengas un día radiante” aparece su contra cara que dice “puede que tu día sea una mierda, y te aguantes como todos”. 

Aunque parezca cruel, el aprender a joderse, es importante. Es aprender de la falta y que hay cosas que hay que aguantar, te gusten o no, pero “es lo que hay” (como dicen aquí en España). Es poder asumir la falta, es saberse no completo, es, a la vez, separarse de la mirada materna que ama a su hijo/a completo/a. Es poder entenderse como todos en falta y poder realmente ser más empático. También se trata de que cada sujeto a partir de sus faltas y de sus capacidades pueda construirse la vida más feliz posible, pero no, como se propone, negarla. 

Hasta parece un chiste, pero no se dan cuenta que cuando se muestran tan perfectos, tan idílicos, como en estos programas americanos donde todo es lujo, dinero e idiotez, hacen que mucha gente se lo crea y se sientan muy mal con sus vidas. Hay gente que realmente se cree todo ese discurso. Ahora imaginen qué pasa cuando eso se les cae. Ahí aparece el sujeto disociado de la realidad, uno que vive en un mundo que ni siquiera existe y que ahora la labor terapéutica es mas profunda aún. 

Recuerdo cuando nos enseñaban que luego de los programas “Dinastía” y “Dallas”, el ratio de robos en USA se disparó. El sujeto vio allí delante una realidad que no podía alcanzar, pero que podía intentar robar. 

Aquí les dejo un vídeo de una “Hater” que si no nos quedamos en aquello superfluo podemos escuchar que lo único que hace es expresar algo que le puede suceder y sentir a mucha gente pero que ahora no se dice porque “hay que ser positivo”. 




La negación no es una forma de vida, sino una forma sintomática de chocar con la realidad de cada uno.

Sergio Alonso Ramírez 
Psicólogo - Psicoanalista.

26 de enero de 2017

Cuando los objetos cobran vida



Hoy hablaba con una paciente. Entre sonrisas y un poco avergonzada me dice que sigue a Marie Kondo. No era la primera vez que escuchaba algo de esta Japonesa que enseña como ordenar. Desde ya la lógica opera en este caso y no hay nadie mejor que una japonesa para saber de optimizar espacio y organizarlo (o al menos eso se suele decir). 
Sin embargo la vergüenza no pasaba por eso sino porque Marie Kondo y los japoneses, en la sabiduría que alberga su cultura milenaria, explica que cada cosa que tenemos en nuestra casa tiene vida, especialmente que tiene alma. 
Con lo cual, con una ternura respetuosa, al tener que tirar algo nos enseña a agradecer al objeto por los servicios prestados y despedirse. 
La paciente, también profesional de la salud mental, escondía su miedo a mi escepticismo detrás de su risa. Sin embargo le dije que la cultura Japonesa sabe también del psicoanálisis, y justo antes, en la conferencia sobre "El duelo y la pérdida afectiva", hablé de esto. Los humanos llenamos de líbido los objetos, sólo "son" porque nos significan. Dichosos aquellos que pueden llenar su vida de líbido, de vida, de objetos que les significan, de pequeños espíritus que nos rodean. Porque como decimos, el sujeto se encuentra en esos objetos, es decir "SE" reencuentra. Todo eso es la extensión de sí mismo, de sus elecciones y de sus significaciones. 
¿Por qué no? ¿Por qué no despedirse de aquello que nos acompañó y nos reflejo?
¿No sería acaso más triste no tener que despedirse de nada, de una vida llena de cosas vacías?
Recuerdo a mi madre que antes de mudarse, entre lágrimas, saludaba a la casa que nos vio crecer  y le agradecía por haber estado y habernos alojado. 

Los humanos tenemos esta proyección animista en eso que nos rodea. Les hablamos a las plantas, a los animales, a los objetos, a estatuas inclusive y aún más, a lo que no está, a los dioses. 

No toda idea fantasiosa necesariamente opera en una red delirante, a veces es una forma estructurante de la cultura. En este caso de saber respetarse y respetar. Algo que parece que en el capitalismo salvaje se pierde en el usar y tirar. 

No creo que haya vergüenza en creer lo que nos dice la Marie, sino orgullo de poder valorar lo que tenemos, incluso en su pérdida. 


Sergio Alonso Ramírez
Psicólogo Psicoanalista 

10 de enero de 2017

Al pagar no sólo se adquiere un objeto


Veníamos en el coche. Detrás estaba Alberto con Alex, su cachorro de gran Danés de 2 meses. Hablando de los primeros cuidados nos comenta como un vecino le dijo que tenía una amiga veterinaria que podía atenderlo y revisarlo gratis. Y que sólo le cobraría algún medicamento si fuese necesario. 
Hubo un pequeño silencio, de esos que hablan y este no era necesariamente aprobatorio. En eso me dice Alberto "¿qué te parece?", - a lo que contestó -  "que yo a mi perro no lo dejaría que lo atiendan gratis mientras pudiese pagarlo". 
Se quedó un poco estupefacto y continúe: Dime una cosa, ¿tú harías un trabajo tuyo gratis?.
No - fue su respuesta - Bueno quizás si fuese... No, en realidad no. - volvió a afirmar
¿Y cuando lo hacías gratis por qué era? - le interrogué 
Ahhh... Ya - dijo afirmando con la cabeza 

En ese momento cayó en la cuenta que quien no cobra por aquello que hace, por más que sea de forma simbólica, no lo valora, y si no lo hace, tampoco le da algo valor al otro. En todo caso al hacerlo "gratis" se lo está cobrando por otro lado (no necesariamente en dinero). Quizás para no hacerse cargo del lugar que ocupa, ya que quien no cobra no oficializa su obra, si no cobró puede equivocarse libremente y seguir siendo bueno/a. 
Luego me encuentro con el otro vecino amigo de esta chica veterinaria y le comentó esto y me dice: "Es que justamente ella es muy buena pero tiene siempre miedo de ser reconocida, de cobrar, de hacerse cargo de lo que hace. Si está en el hospital de perros que trabaja, no hay problema porque es el hospital, pero cuando tiene que ser ella la que se hace cargo, pone excusas de todo tipo". 

Ahora bien, también se plantea desde el que paga. Cuando el sujeto paga, a priori, paga por algo, pero no es sólo el objeto o servicio, sino que en ese pagar adquiere que el otro se haga cargo de su necesidad y paradógicamente el que paga la reconoce y se tranquiliza. Cuando se está dando dinero (libido) por algo, en el preciso momento que se hace, se está consiguiendo algo, porque en ese pagar, es algo que uno paga por un objeto "para uno". En ese dar, el sujeto a la vez se está dando. Es el pagar, algo especular, no se da sólo por un intercambio, sino que el sujeto se envuelve de eso que recibe por lo que da. Con lo cual al pagar se está también dando a sí mismo.  
De ahí que la gente dirá "¡me ha costado tanto!" (con cierto orgullo que denota cuánto se anima a darse a sí mismo). Veamos cómo justamente el pago no es algo que se da al otro, sino que desde el plano simbólico se lo está dando a uno mismo. 
Y también leído desde este lugar, habrá que ver qué le pasa a cada cual con aquello se anima a darse o a quitarse. También si ese valor que adquiere lo siente como real o algo ficticio que cubre, si lo guarda receloso o lo muestra para intentar validar una mentira, etc.  

Creo que en otro artículo comentaba algo similar con dos  hermanos en posición diferente. Uno estaba orgulloso de lo que conseguía a precio súper barato (producto chino), como si fuese ese niño pícaro que escapa a la realidad de tener que pagar y sigue consiguiendo casi gratis ( que por cierto, ya se ha vuelto a vivir con sus padres). El otro hermano estaba orgulloso de haber podido pagarse una prenda de vestir fruto de su esfuerzo. No quería que fuese barato, quería poder ponerse eso que dio, transformar un valor en otro. Y paradójicamente este  hermano en esta postura se sigue sosteniendo con su pareja en su piso y construyendo algo. 
(Siempre dentro de un marco de principio de realidad y que aquello que se da no sea una negación de una realidad).

Veamos, por ejemplo, como un madre se enorgullece de aquello que ha gastado en su hijo independientemente del objeto adquirido. En ese dar ya ha ganado algo. 

Hete aquí la gran cuestión, si dentro de las posibilidades del sujeto, el mismo es capaz de "pagar-se" algo. O si siempre se mantiene a "bajo coste". Es como un pasaje de la castración donde unos comprenden la falta y adquieren algo para recubrirla un poco y los otros que pretenden que sea cubierta por el otro y así no hacerse cargo.

En todo caso el dinero y su uso, desde el Psicoanálisis, es un significante que dependiendo el sujeto y su escena cobrará un significado particular. 

Sergio Alonso Ramírez
Psicólogo Psicoanalista

PD: En este caso abordamos la cuestión del dinero, pero entendemos el mismo como un representante libidinal. Ergo no es sólo el billete lo que puede hacer adquirir algo, sino también otros tipos de intercambio.

4 de enero de 2017

Repetimos todo el tiempo una mentira


En un capítulo de la serie “Madam Secretary” se encuentra la protagonista discutiendo con su hermano. El mismo era médico sin fronteras, pero por sostener su actividad había puesto en riesgo su situación social y principalmente estaba a punto de perder a su familia. En un momento su hermana, y protagonista de la serie, se da cuenta que no se trata de algo altruista, si bien así eran sus efectos, sino de una adicción. Es decir de un síntoma, de algo del orden de la repetición. Un acto que el hombre no podía parar de repetir una y otra vez.
Al principio del programa muestran cómo mueren los padres en un accidente de coche. El padre lo hace en el momento, la madre estaba en muy mal estado, y el niño(hermano mayor) que iba en el coche, se había salvado. Teniendo unos 9 años salió y  pidió ayuda. 
Hasta aquí todo, digamos, normal. 
Pero en la escena de la película donde se discuten sale la fórmula de la famosa repetición. 

En La repetición se goza de una negación de algo, pero no algo del presente, sino del pasado que se escenifica una y otra vez en la repetición. Por eso el objetivo o meta  de la repetición en sí no debe ser nunca alcanzado porque en realidad la repetición es aquello que está posicionado un goce. 

Estas palabras pueden ser muy confusas pero el ejemplo nos lo aclarará. 

El hombre le dice, en estado de enfado y frustración, por primera vez a su hermana, que su madre murió por su culpa, porque él no la había podido ayudar. Era su culpa que hubiese muerto. Y de ahí él tenía que repetir una y otra vez el intentar salvar a la gente en estados de emergencia, en países con terremotos o catástrofes. Se repetía justamente esos significantes: “catástrofe” “siniestro” “accidente” nada más que en la repetición él necesitaba lograr una mentira “que los salvaba”. Sin embargo para poder repetirse esa mentira tenía que hacerlo una y otra vez. Porque justamente mientras lo hacía gozaba de una negación y la misma era que “no los había podido salvar”. En el acto se renegaba la falta, la incapacidad de haberlos podido salvar y la culpa que siente el sujeto frente a la pérdida. Y en tanto podía salvar una y otra vez podía negar todo lo dicho: La pena y la pérdida. Y la pérdida lo remitía a la falta, a negarla. 

Así este hombre gozaba al repetir de negar la falta, en este caso, de la imposibilidad de hacer algo en la muerte de los padres. Algo que en su momento calló, no pudo procesar y de forma obsesiva y repetitiva intentaba desafiar a la muerte una y otra vez. 

En el guión, muy bien diseñado, muestra que al final, luego de la discusión también se va, pero esta vez, no parte a la catástrofe. En esta oportunidad  se da cuenta de algo, que si se iba perdería a la mujer y la hija. Asume la falta pero en este caso, del presente y la puede ver y sopesar. Pero sólo cuando llega a ese punto donde comenzó la repetición y pudo asumir la pérdida es cuando puede dejar de repetirla durante una vida entera. 

Esto es, como siempre, una pequeña pincelada de la teoría, pero pensemos otras cosas, como se estructuró toda una vida en función de esa escena, su carrera, sus elecciones y sus experiencias en base a una repetición. El coste de esto  fue no poder construir nada más que la negación de una realidad pasada (pero no enterrada) y el tiempo que dedicó de su vida a ello. 
Esto me hace pensar a aquellos que suponen que un análisis es caro o que dura mucho y lo que no saben que es mucho más duradero los síntomas, sus consecuencias y costes.

Sergio Alonso Ramírez
Psicólogo Psicoanalista 

PD: Por eso la mosca repite y se estrella una y otra vez contra el vidrio. Porque mientras sueña que en algún intento no estará, se olvida que siempre estuvo y goza de negar algo que está frente a sus narices. 
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